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Portobelo: devoción al Nazareno mientras las ruinas coloniales siguen sin atención

Cada 21 de octubre, una multitud llega a esta población de Colón a pedir favores a una estatua de madera, mientras el patrimonio histórico espera restauración.

Opinión BULLA, 10:30 p.m. · 2 min de lectura
Portobelo: devoción al Nazareno mientras las ruinas coloniales siguen sin atención

Cada 21 de octubre, una multitud llega a una iglesia de Portobelo, en la Costa Arriba de Colón. Los visitantes acuden a pedir solución a sus problemas o a agradecer favores recibidos a una estatua de madera de Cristo, cuyo rostro está pintado de un color parecido al de buena parte de sus devotos.

El texto plantea una pregunta que atraviesa esta devoción: si el fiel cree que la divinidad lo ve en cualquier lugar, por qué tiene que viajar hasta Portobelo para ser visto por la imagen. Según el planteamiento, la práctica muestra que la fe se dirige a objetos concretos y no solo a la figura divina que representan.

El caso no es aislado. En enero de 2009, en Atalaya, en la provincia de Veraguas, los fieles reaccionaron con tanta fuerza contra el obispo de la diócesis, por haber cambiado o intentado cambiar la imagen de otro Nazareno, que estuvo a punto de ser linchado. La nueva figura no hacía milagros, según recoge el relato de aquellos hechos.

El judaísmo, el cristianismo y el islam coinciden en la creencia en un solo Dios. Sus fundadores prohibieron las representaciones plásticas por temor a que los ídolos compitieran con ese Dios único, aunque con distinto grado de rigor. Dentro del catolicismo se distingue entre venerar las imágenes y adorar solo a Dios, pero el texto sostiene que, en la práctica, los devotos piden ayuda a imágenes específicas y no a otras iguales o parecidas.

El mismo texto señala que incluso las religiones más opuestas a los ídolos mantienen objetos de veneración. Los musulmanes miran hacia una piedra negra en La Meca y visitan tumbas de sus santos, los judíos oran junto a un muro en Jerusalén, y los creyentes de las tres religiones juran sobre sus libros sagrados. Por eso, el autor sugiere que podrían llamarse bibliólatras.

En paralelo, el texto critica que en Portobelo se cuidan y reparan la casa de la imagen, pero no se invierte el mismo esfuerzo en conservar ni restaurar las ruinas históricas del lugar. La fuente no detalla el estado actual de esas ruinas ni incluye declaraciones de autoridades sobre el tema.

La columna cierra con la idea de que las personas necesitan creer en algo que les dé consuelo, y que cuando se prohíben unos ídolos aparecen otros.

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