Columnista sostiene que las culturas puras son un mito y alerta sobre el neofascismo
Un texto de opinión defiende que la cultura y la genética son mezclas y advierte que las ideas de superioridad étnica siguen vigentes.
Un texto de opinión publicado recientemente parte de ejemplos cotidianos para cuestionar la idea de que las culturas tienen un origen puro. Menciona las matrioskas rusas, inspiradas en figuras de madera japonesas que un comerciante llevó a Moscú a finales del siglo XIX, y el café, originario de Etiopía, que llegó a Europa, al Caribe y a Brasil. Para el autor, estas tradiciones son fruto de un diálogo cultural, y discutir quién las inventó primero tiene poco sentido.
El caso panameño sirve de ilustración. Según el historiador Alfredo Castillero Calvo, citado en el texto, el chocolate era la bebida caliente dominante en la primera mitad del siglo XIX. Hacia 1860 el café ya se había impuesto, y se consolidó desde finales de ese siglo, cuando comenzó a sembrarse en Chiriquí. Por eso, la bebida fundacional del país depende de la fecha que se tome: en 1821 era el chocolate y en 1903, el café.
Sobre España, el columnista recuerda que el dominio musulmán duró más de 700 años, una cifra que duplica con creces la duración de la colonia española en América. Subraya también la importancia de la presencia judía y señala que, pese a las expulsiones de judíos en 1492 y de moriscos en 1609, sus huellas culturales permanecieron. El flamenco, según el texto, es el resultado de esa mezcla de influencias musulmanas, cristianas, judías y gitanas, y su evolución continúa en artistas como Estopa, Rosalía, Estrella Morente o Diego el Cigala.
En el terreno biológico, el autor afirma que la antropología descarta una raza pura genéticamente homogénea, por lo que no existen etnias superiores o inferiores. Las diferencias de éxito económico o militar entre regiones, explica, tienen causas geográficas, como plantea Jared Diamond en sus investigaciones sobre la agricultura, la domesticación de animales y la resistencia a los gérmenes, y no una supuesta superioridad cultural o étnica.
El columnista atribuye a Álvarez Junco la tesis de que el liberalismo romántico del siglo XIX difundió la idea de que las naciones son realidades históricas que deben tener su propio Estado. Según el texto, esa noción fue llevada al extremo por los fascismos italiano y alemán del siglo XX, que defendieron la superioridad de sus pueblos.
Pese a la evidencia científica y a la experiencia histórica, el autor advierte que los movimientos neofascistas de ultraderecha siguen ganando seguidores. Describe que estos grupos repiten la superioridad de expresiones culturales cristianas, la grandeza de naciones supuestamente puras y el derecho de unos pocos a excluir o atacar a los diferentes. Para el columnista, quienes guardan silencio ante estas ideas también tienen responsabilidad.