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Hipervigilancia: cuando el cuerpo sigue en alerta aunque el peligro haya pasado

Especialistas explican cómo reconocer este estado, de dónde puede venir y qué pasos ayudan a recalibrar el sistema nervioso.

Opinión BULLA, 9:45 p.m. · 3 min de lectura
Hipervigilancia: cuando el cuerpo sigue en alerta aunque el peligro haya pasado

Muchas personas que llegan a terapia describen un cansancio difícil de explicar. Duermen, pero no descansan. Revisan varias veces el tono de un mensaje, intentan adivinar cómo reaccionarán los demás y se sobresaltan con un ruido fuerte. Al preguntarles cuándo se sintieron realmente tranquilas por última vez, muchas no logran recordarlo.

Ese patrón se conoce como hipervigilancia. Suele verse como un rasgo de carácter, pero el terapeuta Emma McAdam, creadora del canal Therapy in a Nutshell, lo asocia con la huella que deja el trauma en un sistema nervioso que aprendió que bajar la guardia era peligroso. En ese estado, el cerebro y el cuerpo reaccionan como si hubiera una amenaza cercana, aunque no exista. Se manifiesta en tensión constante, en la costumbre de vigilar personas y ambientes, en el exceso de análisis de cada conversación y en la dificultad para dormir. McAdam la compara con una alarma de humo tan sensible que suena también con el pan tostado. El objetivo no es apagarla, sino ajustarla.

El organismo tolera bien el estrés breve, pero el crónico lo desgasta. Para el sistema nervioso, imaginar un peligro produce una respuesta parecida a vivirlo, por lo que cada preocupación repetida funciona como una pequeña emergencia. Esto no significa que el cerebro esté dañado. Estar alerta pudo ser útil en contextos difíciles, por ejemplo para anticipar el humor de un adulto impredecible. Para algunas personas, lo que resulta extraño o incluso amenazante es la calma.

El primer paso consiste en examinar la preocupación. McAdam propone preguntarse si hay un peligro real. Si no lo hay, conviene recordar que en ese momento la persona está suficientemente a salvo. Si sí lo hay, toca actuar: agendar una cita médica, resolver un trámite pendiente o tener una conversación postergada. También ayuda contrastar el miedo con la evidencia disponible, como reconocer que un mensaje sin respuesta rara vez indica rechazo. Escribir la cadena de preguntas que empiezan con “¿y si…?” y revisarla, idealmente con un terapeuta, permite ver que incluso el peor escenario tendría una salida.

Otro recurso es reeducar la mirada. El cerebro tiende a fijarse más en lo que lo amenaza que en lo que lo nutre, así que registrar a diario los pequeños momentos de alegría o conexión, que la terapeuta Deb Dana llamó glimmers, ayuda a equilibrar esa atención. Buscar la compañía de personas en quienes se confía y anotar lo que se temía frente a lo que realmente ocurrió también muestran al cerebro que tiende a exagerar el riesgo. El cuerpo influye igual: detenerse varias veces al día, bajar los hombros, soltar la mandíbula y exhalar despacio le indica al sistema nervioso que no hace falta estar en guardia.

En terapia suele surgir una pregunta incómoda: ¿hay una parte de ti que cree que preocuparse la protege? Reglas como “si me preocupo, no pasará” funcionan como amuletos que nunca se ponen a prueba y pueden frenar cualquier cambio. Reentrenar un sistema nervioso hipervigilante lleva tiempo y no se trata de forzar la calma, sino de recordarle con paciencia que, en este momento, hay suficiente seguridad. Estas herramientas no reemplazan el tratamiento cuando los síntomas son intensos y duraderos. En esos casos, pedir ayuda puede ser la primera vez que el sistema nervioso descansa acompañado.

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