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SOCIEDAD

Entre el amor, la obsesión y el control: cuándo los celos se vuelven peligrosos

Un columnista repasa las distintas formas de celar, desde una llamada de más hasta la vigilancia constante, y advierte cuándo la inseguridad se convierte en un riesgo real.

Opinión BULLA, 8:00 p.m. · 3 min de lectura
Entre el amor, la obsesión y el control: cuándo los celos se vuelven peligrosos

Los celos pueden ir desde una inquietud pasajera hasta una obsesión capaz de dañar matrimonios, familias y amistades. En los casos más graves, según el texto, terminan con la vida de una persona. El autor plantea la pregunta de hasta dónde puede llegar alguien cuando los celos dominan su mente y en qué momento el interés por la pareja se transforma en el afán de controlarla.

El texto señala que a algunas personas les gusta sentir celos de parte de su pareja, porque lo interpretan como señal de amor y preocupación. Para otras, un poco de celos da sabor a la relación. La pregunta que queda abierta es cuánto es ese poco y quién fija el límite.

Para ilustrar el punto, el columnista describe varios casos conocidos. Uno de ellos es el de un compañero de trabajo cuya novia lo llamaba unas veinte veces al día, aun cuando estaba en reuniones o atendiendo asuntos laborales. Pese a eso, la pareja terminó casada. Otro hombre era esperado a diario por su esposa a la salida de la oficina, para verificar la hora, la compañía y si volvía directo a casa. También se menciona a una mujer que pagaba a la secretaria de su esposo para que la alertara si él salía antes de lo habitual.

El relato añade conductas más comunes, como revisar el celular, los mensajes, las fotografías, la ropa, los bolsillos y hasta los recibos de la billetera. Según el texto, algunos hombres celan en silencio: no discuten ni confiesan sus sospechas, pero observan e investigan y pueden acumular dudas durante meses hasta encontrar un pretexto para estallar.

La vigilancia puede escalar más allá de la pareja. El texto menciona detectives privados, vecinas que informan, familiares que participan en las pesquisas, amigos que reciben instrucciones, teléfonos intervenidos, cámaras y micrófonos ocultos, y cuentas falsas en redes sociales para probar la fidelidad de alguien. Los celos tampoco se limitan al amor romántico: pueden aparecer entre madres e hijos, padres e hijas, hermanos y amigos.

El autor sostiene que los celos suelen nacer del miedo a perder, a ser reemplazado, a no ser suficiente o a descubrir una infidelidad. Sin embargo, subraya que sentir inseguridad es distinto de usarla como excusa para vigilar, perseguir, humillar o amenazar a otra persona. Según el texto, los celos extremos pueden derivar en violencia psicológica, acoso, agresiones físicas y feminicidios, y también hay hombres asesinados por parejas o exparejas dominadas por los celos. Cuando aparecen amenazas, intimidación o persecución, el asunto deja de ser una simple muestra de afecto y pasa a ser una situación de peligro.

La columna cierra con una reflexión: lo importante no es solo cuánto nos cela la pareja, sino cuánto estamos dispuestos a tolerar en nombre del amor. Una llamada puede expresar cariño, pero veinte pueden indicar obsesión. El texto invita a los lectores a responder si consideran que los celos son una prueba de amor, una manifestación de inseguridad o una enfermedad que puede terminar en tragedia.

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