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Diez mandamientos para gobernantes: servir, respetar la ley y rendir cuentas

Un abogado y exmagistrado de la Corte Suprema plantea diez principios para quienes ejercen el poder, sin dirigirlos a un cargo en particular.

Opinión BULLA, 9:30 p.m. · 2 min de lectura
Diez mandamientos para gobernantes: servir, respetar la ley y rendir cuentas

El abogado y exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia publicó una columna en la que reúne diez principios para quienes ejercen el poder público. Según el autor, estos mandamientos no están dirigidos a un presidente, ministro, diputado, alcalde o funcionario específico, sino que sirven para quienes han gobernado, quienes gobiernan y quienes gobernarán.

El texto insiste en que el gobernante debe servir a los ciudadanos y no servirse de ellos, y que el cargo es una responsabilidad y no un privilegio. Entre los principios figuran el respeto a la Constitución y a las leyes, que el autor considera obligatorias también para quien manda, y la obligación de gobernar para todos, incluidos quienes no votaron por el gobernante. Asimismo, señala que el Estado no pertenece a ningún partido político.

La columna también aborda la forma de tomar decisiones. El autor recomienda rodearse de colaboradores capaces y honestos, respetar las reglas de nombramiento y no permitir que el parentesco o la amistad reemplacen el mérito. En el manejo de los recursos, plantea que el dinero público debe administrarse con especial cuidado, porque cada gasto innecesario priva a la población de atender necesidades colectivas.

Otro grupo de principios se refiere al uso del poder frente a intereses personales. Según el texto, el afecto hacia familiares, amigos o partidarios es legítimo en la vida privada, pero no debe imponerse sobre la imparcialidad del servicio público. Igualmente, pide decidir con justicia, distinguir entre la discrecionalidad y la arbitrariedad, y escuchar a quienes señalan errores, porque una crítica sincera tiene más valor que los elogios interesados.

La columna cierra con la idea de que el poder es temporal, aunque sus consecuencias pueden durar generaciones. Por eso, el autor sostiene que el éxito de un gobernante no debe medirse solo por las obras, los discursos o los honores, sino también por el respeto a las instituciones, la justicia de sus decisiones y el bienestar que genera. Como síntesis, propone que el gobernante actúe de manera que, al dejar el cargo, conserve el respeto de la ciudadanía.

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