El duelo silencioso tras el terremoto: casas, iglesias y escuelas perdidas
Tras el sismo del 9 de octubre, muchas personas lloran lo material que se derrumbó, pero pocas veces se les reconoce ese dolor. La psicología propone darle espacio.
Cuando ocurrió el terremoto del 9 de octubre en Panamá, la prioridad fue lo inmediato: confirmar que familiares y amigos estuvieran bien, salir de las viviendas y buscar un lugar seguro. Con el paso de los días, sin embargo, ha surgido otro tipo de dolor, más callado. Son las personas que perdieron su casa, que vieron agrietada la iglesia donde se bautizaron, que encontraron cerrada la escuela de sus hijos o que ya no reconocen las calles de su barrio. Se trata de pérdidas reales, aunque rara vez se les llame duelo.
Después de una tragedia es común escuchar frases como "lo importante es que estamos vivos" o "lo material se recupera". Suelen decirse con buena intención, pero pueden dejar a quien sufrió la pérdida sin permiso para llorar lo que dejó atrás. La psicología describe este fenómeno como duelo desautorizado, un concepto propuesto por Kenneth Doka para referirse a las pérdidas que el entorno no valida por completo. Una persona que sobrevivió, pero que perdió su hogar, puede sentir tristeza y, además, culpa por estar triste cuando otros lo pasaron peor.
Un sismo no derriba solo paredes. Una casa guarda la historia de una familia, desde la cocina donde se compartían las comidas hasta el cuarto donde crecieron los hijos. El barrio sostiene una red de vecinos, saludos y rutinas que dan forma a la vida diaria. La iglesia representa consuelo y pertenencia para muchas personas, así que verla dañada en el momento en que más se necesita puede sentirse como un segundo golpe. La escuela, por su parte, organiza la vida de niños y adolescentes, y su cierre interrumpe amistades, horarios y la sensación básica de normalidad. A diferencia de una mudanza planeada, estas pérdidas llegan de repente, sin despedida y sin control, y las réplicas mantienen el cuerpo en estado de alerta.
Hay, además, una pérdida menos visible que afecta a todo el país: la idea de que en Panamá no ocurren terremotos. Muchos crecieron pensando que los sismos fuertes eran cosa de otros lugares. Los psicólogos Colin Murray Parkes y Ronnie Janoff-Bulman han explicado que las personas organizamos la vida sobre un conjunto de certezas que damos por seguras, y que los hechos traumáticos pueden quebrar ese marco. Cuando esa certeza se rompe, cambia la percepción del riesgo y también la sensación de seguridad.
La salida no consiste en pasar de la confianza total al miedo permanente, sino en construir una certeza nueva y más realista: Panamá es un país donde la tierra puede moverse, y aun así es posible vivir con preparación y tranquilidad. Es normal que, durante un tiempo, aparezcan desconfianza, alerta constante o tristeza por la calma que se perdió.
El duelo puede manifestarse como tristeza, irritabilidad, cansancio, dificultad para dormir, sobresaltos o nostalgia intensa. En niños y adolescentes puede verse como miedo a separarse de los padres, retraimiento o conductas propias de edades menores. En las personas mayores, perder la casa de toda la vida puede significar también pérdida de autonomía e historia personal. Quienes noten que la tristeza se prolonga, interfiere con su día a día o se acompaña de desesperanza deben buscar apoyo profesional.