Un empresario reflexiona sobre la fragilidad de la vida tras el terremoto
En una columna de opinión, plantea que el dinero debe servir a la vida y no dominarla, y llama a priorizar la salud, la familia y la solidaridad.
El autor, empresario y consultor, parte del terremoto ocurrido el pasado 9 de octubre para recordar una verdad que, según dice, suele olvidarse: la vida puede cambiar en un segundo. Menciona como ejemplos un accidente, un infarto, un diagnóstico de cáncer, la muerte de un ser querido, una crisis de salud mental o una gran pérdida económica. Para él, basta una llamada telefónica para dividir la existencia entre un antes y un después.
Con los años, el columnista asegura haber comprendido que muchas cosas que consideraba indispensables no lo eran tanto. Explica que dedicó buena parte de su vida a asumir riesgos en los negocios y a desarrollar proyectos para el bienestar de su familia, y que sigue creyendo en el esfuerzo, el ahorro, la inversión y la creación de riqueza.
Sobre el dinero, sostiene que es importante porque permite vivir con dignidad, educar a los hijos, cuidar la salud, prepararse para la vejez y ayudar a quienes más lo necesitan. Señala que ni la pobreza hace virtuosos a las personas ni la prosperidad les quita humanidad. Lo decisivo, según su visión, es cómo se obtienen, administran y comparten los recursos. El problema aparece cuando el dinero deja de ser una herramienta y se convierte en el amo de la vida.
El autor distingue entre tener una buena vida, asociada a la comodidad y el bienestar material, y vivir una vida buena, que tiene que ver con los valores, las relaciones, la conciencia y el bien que se hace a otros. Considera ideal procurar ambas sin sacrificar la segunda. Se pregunta de qué sirve acumular riquezas si se pierden la salud, la familia o la paz interior.
En cuanto a la salud, destaca la importancia de alimentarse bien, hacer ejercicio, descansar y atender las señales del cuerpo. Advierte que la depresión, la ansiedad y las adicciones pueden ser "terremotos interiores", dolorosos para quienes rodean a la persona e invisibles para quienes están lejos. Para él, pedir ayuda exige más valentía que aparentar una fortaleza que no siempre se tiene. Desde el estoicismo, recuerda la importancia de distinguir lo que depende de cada quien de lo que escapa a su control, y menciona la expresión latina memento mori como un recordatorio de la condición mortal que invita a valorar el tiempo, no al pesimismo.
Como católico, el autor afirma que la vida es un regalo de Dios y que la muerte no significa el fin de la esperanza. Propone vivir en gracia, reconciliarse, pedir y conceder perdón, y confiar en la misericordia divina, aunque aclara que esa gracia no garantiza una vida sin sufrimiento. Asimismo, llama a vivir el presente sin abandonar los sueños ni las responsabilidades. Por último, destaca la solidaridad que, según él, mostraron los panameños tras el sismo, y recuerda que ayudar implica también escuchar, acompañar y estar presente.
La columna concluye con un llamado a reducir el apego a las cosas materiales y a cultivar más amor, humildad, solidaridad y gratitud. El autor plantea que no hace falta esperar una tragedia para cambiar la forma de vivir.