Panamá trata sus problemas de salud por separado y eso alimenta la crisis
Un análisis plantea que las fallas del sistema son manifestaciones de una misma dificultad, y que la prevención y la planificación son la clave para resolverlas.
Panamá enfrenta problemas de salud persistentes, entre ellos las enfermedades transmitidas por vectores, el aumento de la obesidad, la diabetes y la hipertensión, y las deficiencias en la prevención del cáncer. A eso se suman la escasez de medicamentos y especialistas, las demoras para conseguir citas, los equipos dañados, los quirófanos subutilizados, la dificultad para contratar personal y las barreras que enfrentan los pacientes que deben recorrer largas distancias para ser atendidos.
Cada una de estas situaciones suele generar explicaciones distintas y respuestas de autoridades, gremios y expertos. Sin embargo, según un análisis publicado recientemente, estos problemas podrían no ser independientes entre sí, sino expresiones de una misma dificultad de fondo. Desde esa mirada, tratarlos uno por uno hace que los cuellos de botella solo se muevan de un punto a otro del sistema.
El texto recuerda que, durante buena parte del siglo XX, el país funcionó con un modelo estatal basado en la planificación del desarrollo, la formulación de políticas y la coordinación institucional. Aunque ese esquema tuvo problemas como la burocracia, la inestabilidad política y las deficiencias administrativas, luego se impulsó la inversión y la gestión privada sin abandonar del todo la presencia del Estado. Con el tiempo, según el análisis, las presiones económicas externas y la lógica del mercado ganaron peso y desplazaron otros factores necesarios para un desarrollo integral.
En salud, el planteamiento es que el Estado debe anticipar las necesidades de la población y priorizar la prevención como una responsabilidad pública de largo plazo. Desde el punto de vista económico, según el texto, prevenir una enfermedad resulta más valioso que tratarla cuando ya apareció, y una población sana puede participar con más fuerza en la economía.
Uno de los señalamientos centrales es la división entre el Ministerio de Salud (Minsa) y la Caja de Seguro Social (CSS). Ambas instituciones han mantenido durante décadas redes de atención separadas, con hospitales, personal, sistemas y presupuestos propios, aunque atienden a la misma población. Para el análisis, esa separación hace que los ciudadanos sean tratados como si pertenecieran a grupos distintos, cuando en realidad comparten las mismas necesidades.
El texto también sostiene que la saturación hospitalaria suele originarse años antes, cuando no se controlan enfermedades como la hipertensión, la diabetes, la obesidad o la enfermedad renal, o cuando se retrasa la detección del cáncer. Según esa lectura, estas fallas provocan complicaciones, discapacidad y una mayor necesidad de atención especializada.
En cuanto al personal, el análisis indica que la planificación necesita conocer la disponibilidad, la especialidad, la ubicación y la fecha de jubilación de los profesionales, además de las necesidades futuras. El crecimiento del sector privado intensifica la competencia por médicos, muchos de los cuales trabajan en ambos sectores, lo que dificulta contar con ellos de forma estable. El texto concluye que el problema no es solo de vocación o ética, sino también de incentivos, salarios, evaluación y estructuras institucionales.