Columnista plantea valorar la naturaleza panameña como base del futuro económico
Tras el “Pacto con la naturaleza” presentado por Mulino en la ONU, se propone discutir cuánto valen los bosques, manglares, ríos y cuencas del país.
El presidente José Raúl Mulino presentó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas un “Pacto con la naturaleza”. Según un artículo de opinión, esta propuesta debería abrir una conversación poco frecuente entre los panameños: cuánto valen realmente los bosques, manglares, ríos, mares y cuencas hidrográficas del país.
El autor, licenciado en administración de empresas y especialista en administración sostenible, señala que al hablar de ambiente suele pensarse en reciclar, reducir emisiones o sembrar árboles. Considera que esas acciones son necesarias, pero que el desafío es mayor, porque la naturaleza no solo debe conservarse, sino que también sostiene la economía y la calidad de vida de la población.
Para explicar su planteamiento, recurre al economista austriaco Carl Menger, quien hace más de un siglo distinguió entre bienes que satisfacen de forma directa las necesidades y bienes de orden superior, que no se consumen directamente pero son indispensables para producir lo que sí se utiliza. El columnista aplica esa idea a Panamá: el agua potable depende del río, el río de sus afluentes, y estos de los bosques, los suelos y la cuenca hidrográfica.
Según el texto, aunque ese sistema natural no represente un valor cotidiano para una familia, sí tiene peso para sectores como el mercado de mariscos o la demanda de pescado. Cuando un bien escasea y la demanda aumenta, su precio sube. Desde esa lógica, el autor pregunta por qué se valora el resultado final y no lo que hace posible producirlo.
El columnista aclara que no pretende poner precio a cada árbol, río o especie. Lo que propone es reconocer, en términos económicos, que destruir el origen de la riqueza también compromete la riqueza futura. Añade que una ecosociedad no implica detener inversiones ni construcciones, ni convertir la conservación en enemiga del desarrollo.
El autor sostiene que el pacto podría traducirse en decisiones públicas, empresariales y ciudadanas que tomen en cuenta el valor del patrimonio natural, tanto en el presente como en el futuro. Menciona a Costa Rica como ejemplo de que el crecimiento económico y la conservación pueden coexistir. Además, plantea que la pregunta clave no es solo cuánto cuesta conservar, sino también cuánto costaría perder esa riqueza.
Para el columnista, valorar adecuadamente ese patrimonio podría convertir a Panamá en un modelo de conservación, desarrollo y prosperidad sostenible para las próximas generaciones.