Enseñar historia para pensar, no solo para desfilar
Una educadora panameña sostiene que la escuela debe formar ciudadanos que cuestionen el pasado sin dejar de sentir afecto por su país.
Dentro de pocas semanas, las calles de Panamá se llenarán de bandas, banderas y desfiles escolares. Miles de estudiantes marcharán en noviembre, y muchos lo harán sin preguntarse quién decidió esa celebración, cuándo se creó ni con qué fin. La educadora e historiadora panameña que firma el ensayo parte de esa escena para revisar cómo se enseña la historia en el país, a partir del libro Historica-mente, del psicólogo e investigador Mario Carretero.
Carretero advierte que muchas personas creen que la historia es un saber fácil, ya armado y guardado en los libros. Para él, lo que resulta sencillo es una versión simplificada del pasado, casi siempre contada como una historia de héroes y villanos. La disciplina, en cambio, está llena de causas entrelazadas, conceptos abstractos y preguntas sin respuesta cerrada. Según el texto, la fama de aburrida también se debe a una enseñanza que reduce todo a memorizar fechas y nombres.
El ensayo señala que los programas oficiales panameños plantean dos objetivos: desarrollar el pensamiento crítico y fortalecer el sentido de pertenencia. En la práctica, según la autora, suele imponerse el segundo a través de la jura a la bandera, las efemérides y los actos cívicos. Ella distingue entre un patriotismo cívico, que ama al país sin dejar de examinarlo, y un patriotismo ciego, que adoctrina en lugar de enseñar.
Los rituales cívicos también tienen una historia. El texto recuerda que los historiadores Eric Hobsbawm y Terence Ranger llamaron invención de la tradición a prácticas que parecen antiguas, pero que a menudo son recientes. El calendario patrio de noviembre, construido por el Estado después de 1903, es un ejemplo. La conmemoración del 9 de enero de 1964 nació como memoria estudiantil y popular. El Estado la declaró día de duelo nacional en 1967 y, en 2013, la renombró como Día de la Soberanía Nacional, aunque en la calle se le sigue llamando Día de los Mártires.
Carretero denomina narrativas maestras a los relatos fundacionales que una nación cuenta sobre sí misma. Suelen celebrar los orígenes, presentar al país como si siempre hubiera existido y dividir el pasado entre nosotros y los otros. Se transmiten en la escuela, los museos, los monumentos y las fiestas cívicas. La autora recurre a George Orwell para subrayar lo que está en juego: quien controla la enseñanza de la historia puede influir en cómo una sociedad imagina su futuro.
Para el ensayo, una enseñanza crítica no consiste en cambiar un héroe por otro, sino en cambiar la pregunta. Se trata de preguntar cómo sabemos lo que sabemos, quién lo contó, qué fuentes lo respaldan y qué quedó fuera. El texto menciona el trabajo del historiador canadiense Peter Seixas y del investigador Sam Wineburg, quien propone comparar cómo narran el 3 de noviembre un libro de texto, un periódico de la época y un documento diplomático extranjero.
La autora también defiende evitar el presentismo, es decir, juzgar el pasado solo con los valores de hoy, y practicar la empatía histórica para entender a quienes vivieron antes. Sobre los niños, cita al pedagogo Kieran Egan: en los primeros años piensan a través de héroes, y el reto es que la escuela vaya complicando esas figuras con el tiempo. Concluye que desfilar y preguntar no tienen que ser opuestos, porque un país se conoce mejor cuando reconoce sus logros y sus silencios.