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OPINIÓN

Las palabras que nos salvan después de una tragedia

Una columna recorre citas de Sábato, Hölderlin, Bauman y el papa Francisco para reflexionar sobre la solidaridad tras el terremoto del 9 de octubre. Propone rescatar palabras como belleza y otredad.

Opinión BULLA, 10:15 p.m. · 3 min de lectura
Las palabras que nos salvan después de una tragedia

Ernesto Sábato, en el epílogo de Antes del fin, recuerda una fotografía tomada tras el terremoto que destruyó Concepción, en Chile. En la imagen, una mujer indígena barre con una escoba vieja el suelo de tierra delante de su casucha, construida con láminas de zinc y cartones. Para el escritor, esa escena muestra que la esperanza de reconstruir sobre las ruinas forma parte del espíritu humano, y que la resistencia de las mujeres ocupa un lugar central en ese proceso.

Sábato también cita un verso del himno «Patmos», de Friedrich Hölderlin, que habla de cómo, donde existe peligro, aparece también aquello que nos salva. Según el autor, la humanidad ha sobrevivido a momentos extremos gracias a sus sectores más vulnerables. El papa Francisco, en su libro Soñemos juntos, retoma el mismo verso y sostiene que siempre hay una salida para escapar de la destrucción, y que esa salida aparece en la propia amenaza.

El texto toma como punto de partida un artículo publicado el 14 de octubre por Rodrigo Noriega, titulado «En busca del sentido de la vida», donde relata su experiencia durante el terremoto del 9 de octubre. Noriega cierra con una recomendación: imaginar cómo contarles a los nietos o a los niños de una escuela lo vivido, y recordar las muchas formas en que la gente se ayudó. Su frase final invita a no temerle al miedo en sí.

La columna relaciona esa propuesta con el sociólogo Zygmunt Bauman y su libro Retrotopía. El término describe el intento de encontrar un mundo ideal en un pasado perdido. Para Bauman, esa mirada hacia atrás funciona como refugio frente a un futuro incierto. En cambio, según el texto, Noriega propone imaginar un futuro en el que la memoria sea una construcción colectiva y una forma de salvarse en comunidad.

El autor sostiene que los seres humanos oscilan entre la esperanza y la desesperanza, y que esa tensión es lo que permite construir sentido de comunidad. Sin esperanza no hay futuro, y en medio de una crisis la solidaridad del presente es la que empieza a narrar lo que viene. Por eso, dice, las palabras tienen un peso especial en días de miedo. Entre las que enumera están pensamiento, belleza, conocimiento, esperanza, pasado, resistencia y otredad. De esa lista, destaca belleza y otredad.

Sobre la belleza, la columna señala que los ideales cambian según la época y la cultura, pero que aparece en lo pequeño, en una llamada entre madre e hijo para saber si están bien, en el rostro de una persona mayor o en un recuerdo compartido. Como ejemplo, el autor describe a una señora humilde que llegó a la biblioteca donde trabaja, días después del sismo, a vender limones, conversó con el equipo y compartió su experiencia. Para la otredad, plantea que reconocer la dignidad del otro es posible sin ser iguales, porque el dolor compartido une a las personas.

La columna cierra con una reflexión sobre la palabra pueblo y otra cita de Francisco, que describe al pueblo como una categoría de pensamiento unida por una memoria colectiva. El texto concluye que lo ocurrido el 9 de octubre de 2026 quedará en la memoria, no como un relato de miedo, sino como una historia de valor, solidaridad y dignidad.

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