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Las desigualdades que el terremoto dejó al descubierto

Un productor agropecuario plantea que la vulnerabilidad se construye durante años y que la prevención debe empezar mucho antes de la emergencia.

Opinión BULLA, 7:00 p.m. · 2 min de lectura
Las desigualdades que el terremoto dejó al descubierto

El movimiento de la tierra golpea a todos por igual, pero sus efectos no se reparten de la misma manera. Así lo sostiene un productor agropecuario en una columna sobre el terremoto que afectó distintas regiones del país. Según el autor, quien tiene ahorros, seguro, empleo estable y acceso rápido a servicios tiene más margen para recuperarse que quien vive con un ingreso diario.

El texto señala que la vulnerabilidad no aparece el día del sismo. Se acumula durante años por brechas en educación, empleo, vivienda, infraestructura y servicios básicos. Para el autor, el evento no creó esas desigualdades, sino que las hizo más visibles. En comunidades rurales, muchas familias dependen de la agricultura, la ganadería, pequeños negocios o trabajos informales. Perder la casa, en esos casos, puede significar perder también herramientas, animales, la cosecha de una temporada y el único ingreso del hogar.

La columna recuerda que el Censo Nacional de Población y Vivienda 2023 registró 4,064,780 residentes habituales y confirmó diferencias territoriales importantes. La ciudad concentra empleos formales, universidades, hospitales especializados y conectividad, mientras muchas comunidades rurales enfrentan más obstáculos para acceder a esas mismas oportunidades.

El autor también se apoya en el Índice de Pobreza Multidimensional. A nivel nacional, la pobreza multidimensional se estimó en 12.8% en 2024. En la primera medición, de 2017, las mayores proporciones estaban en las comarcas indígenas y en provincias como Bocas del Toro, Darién y Coclé. Dentro de la zona afectada por el terremoto también hay contrastes: en 2017, Coclé tenía 22.6% de su población en pobreza multidimensional, frente a 7.2% en Herrera y 4.2% en Los Santos. Veraguas y Coclé ilustran cómo las limitaciones económicas y sociales reducen la capacidad de superar una crisis.

Para el autor, la pobreza no es solo falta de dinero. También implica menos oportunidades educativas, menor acceso a empleos de calidad y dificultades para obtener servicios básicos. Un niño en una comunidad con pocas opciones educativas tiene menos chances de conseguir mejores empleos en el futuro. Una familia lejos de un hospital queda más expuesta ante una emergencia, y una comunidad sin buenas carreteras puede quedar aislada justo cuando más necesita ayuda.

La columna reconoce que Panamá ha impulsado programas de reducción de pobreza, inversiones sociales, transferencias económicas y proyectos de infraestructura. Aun así, plantea una pregunta: ¿se están atacando las causas de la desigualdad o solo sus consecuencias cuando llega una crisis? Según el texto, la prevención comienza años antes, con viviendas más seguras, educación de calidad, oportunidades laborales, caminos adecuados, acceso a salud y conectividad.

El autor concluye que la reconstrucción no puede limitarse a reparar paredes, techos o carreteras. Debe ser también social, con más oportunidades y mejores condiciones de vida para las comunidades afectadas. El reto, dice, es que las consecuencias de un desastre no dependan del lugar donde nació una persona.

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