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Cómo tratamos hoy a los mayores define el mañana de todos

Una reflexión invita a mirar el cuidado de padres y abuelos como un espejo de lo que cada persona recibirá cuando envejezca.

Opinión BULLA, 9:30 p.m. · 2 min de lectura
Cómo tratamos hoy a los mayores define el mañana de todos

La vejez suele parecer lejana mientras se tienen fuerzas, pero llega sin avisar. Una enfermedad, una caída o simplemente el paso de los años pueden cambiar la forma de vivir. Nadie sabe con certeza qué va a necesitar en el futuro: una mano, una llamada, compañía o alguien que pregunte cómo amaneció.

El texto plantea que cada generación pasa por la misma secuencia. Los padres de hoy fueron hijos ayer, dejaron el hogar donde crecieron y formaron sus propias familias con nuevas responsabilidades. Es natural que las prioridades cambien y que el tiempo se reparta de distintas maneras. Sin embargo, esa realidad no elimina la obligación de estar presentes de algún modo.

La reflexión aclara que nadie tiene que abandonar a su pareja, sus hijos o su trabajo para dedicarse por completo a los mayores. Tampoco sería justo exigirlo. Según el texto, entre entregarlo todo y no estar hay un espacio amplio, donde caben una visita, una llamada, el acompañamiento a una cita médica o una pregunta sencilla sobre cómo se siente la persona.

La columna reconoce que no todas las familias han vivido las mismas circunstancias. Hay madres y padres que tuvieron que asumir ambos roles, hijos que terminaron cuidando a sus propios padres y hermanos que se apoyaron cuando hizo falta. Por eso advierte que no conviene llevar cuentas ni comparar quién hizo más. Cada historia tiene matices que solo conocen quienes la vivieron. También señala que el amor no debe convertirse en deuda, aunque agradecer sigue siendo importante.

El texto insiste en que los valores se aprenden con el ejemplo. Un niño observa cómo se trata a un abuelo enfermo y aprende de ahí más que de un discurso. La tecnología, añade, acerca a personas lejanas, pero puede alejar a quienes conviven, si reemplaza la conversación, la escucha y la convivencia.

Uno de los puntos centrales es el silencio de muchos adultos mayores, que a veces no llaman ni piden ayuda para no incomodar o para no sentirse una carga. Escuchar a quien repite una historia varias veces, sin prisa, aparece en la columna como una manera sencilla y profunda de cuidar. Al final, la pregunta que deja abierta es cómo queremos que nos traten cuando nos toque envejecer.

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