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Una profesora de Filosofía imagina una Panamá con educación de primer mundo

En una columna personal, la docente plantea que una mejor educación pública podría transformar la convivencia, la calidad de vida y la forma de enfrentar los problemas del país.

Opinión BULLA, 11:00 p.m. · 2 min de lectura
Una profesora de Filosofía imagina una Panamá con educación de primer mundo

La docente y columnista cuenta que tuvo una conversación consigo misma sobre cómo sería el país si la educación cambiara de verdad. Se presenta como profesora de Filosofía y reconoce que, en su oficio, pensar demasiado forma parte del trabajo. Prefirió no comentarlo con nadie, porque anticipa que alguien la tildaría de idealista.

Su primera fantasía es que los docentes tengan tiempo real para enseñar. Describe maestros que puedan planificar, investigar, leer y llegar al aula con energía, en lugar de cargar expedientes y perder horas en trámites administrativos. Sobre quienes representan al magisterio, plantea que deberían concentrarse en defender a los educadores y discutir sus diferencias sin dividir al gremio en múltiples bandos.

Luego se refiere a las familias. Reconoce que muchos padres acompañan a sus hijos, ponen límites, revisan tareas y enseñan respeto, y advierte que no sería justo generalizar. Su deseo es que ese compromiso deje de ser la excepción y se convierta en la norma.

Sobre los estudiantes, la columna describe lo que espera de una educación pública de alto nivel: comprender lo que leen, escribir con claridad, argumentar, investigar, resolver problemas y distinguir la información de la opinión. También menciona la necesidad de que los jóvenes conozcan tanto sus derechos como sus responsabilidades. La autora aclara que la escuela no resolvería todo. No eliminaría por sí sola la corrupción, los problemas económicos ni los errores de los gobernantes, pero sí ofrecería mejores herramientas para pensar, participar y decidir.

La columna pone el foco en la calidad de vida, que según la autora no se mide solo por los ingresos, sino también por la convivencia, el respeto a las reglas y el trato a los demás. Como ejemplo de contradicciones cotidianas, menciona a quienes critican la corrupción en las redes sociales y luego se estacionan en plena acera, o a quienes discuten por un turno en un alto después de hablar de valores.

El texto sostiene que las transformaciones profundas requieren continuidad, inversión, preparación y tiempo, y que no caben en un período presidencial. La autora concluye que soñar no basta, pero que dejar de hacerlo tampoco sirve, y que el cambio llega cuando el pensamiento se convierte en decisiones, las decisiones en acciones y las acciones en hábitos. Se trata de una reflexión personal de la autora, sin cifras ni datos nuevos.

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