Cómo el café Geisha llevó a Panamá a los mercados internacionales de especialidad
Ricardo Koyner, presidente de la Asociación de Café de Especialidad, repasa el camino desde la crisis de los años noventa y los retos que vienen para el sector.
En la década de 1990, cuando una nueva generación de productores regresó al campo, Panamá atravesaba una de las peores crisis de precios del café. Había exceso de oferta y, tras el fin del sistema de cuotas y estampillas, los países tenían que manejarse en un mercado sin regulación.
Los productores que volvían a la finca buscaban retomar el legado de sus abuelos. Ricardo Koyner, hoy presidente de la Asociación de Café de Especialidad, regresó como ingeniero agrónomo con una maestría en administración de empresas. Aun así, el país no tenía reconocimiento como origen cafetalero. Para muchos compradores, Panamá era solo el canal, y en una feria en Estados Unidos incluso le devolvieron una muestra.
El grupo primero intentó exportar productos no tradicionales, pero concluyó que su legado estaba en el café. Siete productores se unieron para dar a conocer el país. Aprendieron a catar, porque entendieron que el sabor tenía valor y que había compradores dispuestos a pagar más por él. Al principio, esa diferencia podía rondar entre 20 y 30 por ciento.
Las competencias fueron otra pieza clave. Según el relato, nadie quería quedar en segundo o tercer lugar, pero hacían falta incentivos para llamar la atención. Con el tiempo, el intercambio de conocimientos elevó la calidad general de las fincas.
En 2004, la familia Peterson presentó el Geisha de La Esmeralda en la competencia, un punto de inflexión para el país. Las subastas también cambiaron: de vender volumen pasaron a reflejar el valor que el comprador percibe. El lote ofrecido bajó de un contenedor de unas 40 mil libras a 10 mil, luego a mil, 500 y 100, hasta llegar hoy a apenas 15 kilos.
La estrategia de Panamá ya no busca competir por volumen ni por una taza estándar. El tamaño pequeño de las fincas permitió estudiar microclimas, terroir y procesos que resaltan cada perfil, y así el prestigio del país pasó a incluir también el resto de cada finca y no solo el lote premiado.
De cara al futuro, la asociación plantea consolidar esa posición con ciencia e investigación, proteger la autenticidad y la tipicidad, y trabajar en una categoría de varietales. Según Koyner, algunas variedades nativas etíopes alcanzaron este año precios de cuatro y cinco mil dólares por kilo, lo que muestra interés mundial por cafés distintos. También menciona retos como el cambio climático y la falta futura de mano de obra, y propone impulsar el turismo cafetalero como ocurre con el vino en Mendoza o Napa.