Una semana después del terremoto, Azuero cuenta sus pueblos arrasados y su solidaridad
El sismo de magnitud 7,7 dejó una fallecida y ningún desaparecido, pero casi 900 familias perdieron su casa en la península de Azuero.
Una semana después del potente terremoto de magnitud 7,7 que sacudió Panamá, la zona más rural del país sigue en recuperación. El sismo, registrado a las 12:56 hora local, dejó una fallecida, ningún desaparecido y menos de treinta heridos, según el registro oficial. Sin embargo, varios pueblos cercanos al epicentro quedaron prácticamente destruidos.
Las cifras oficiales hablan de más de 13.000 damnificados, y unas 3.700 personas permanecen en albergues temporales. Casi 900 familias perdieron su vivienda y cerca de mil más sufrieron daños moderados. Muchas de ellas han pasado las noches a la intemperie, en parques públicos, mientras las lluvias complican todavía más la situación.
Los daños se concentran en Los Santos, Herrera y Veraguas, que forman la península de Azuero. Se trata de una región de pequeños pueblos con población envejecida, que depende de la agricultura y la ganadería. Desde el sismo se han registrado más de 600 réplicas, algunas de magnitud superior a 6, lo que mantiene la tensión entre los vecinos.
La infraestructura también sufrió golpes severos. Se contabilizaron 619 centros educativos afectados, de los cuales 35 colapsaron por completo, además de daños en más de 60 edificios gubernamentales, 44 iglesias, 67 centros de salud, 11 hoteles y una decena de carreteras, vías y puentes. En varios lugares, como Tonosí, cercano al epicentro, el suministro eléctrico y el agua potable se vieron interrumpidos, aunque en muchos sitios ya se restablecieron los servicios básicos.
La ayuda humanitaria empezó a llegar por carretera y por aire. Según el Gobierno, se han enviado más de 465 toneladas, de las cuales 145 fueron entregadas por vía aérea a zonas remotas. En pueblos como Cañas, que quedó incomunicado y recibió a habitantes de la isla homónima, los pobladores acudieron a recoger cajas traídas por helicópteros de las fuerzas aeronavales. Además, ciudadanos particulares llevan comida, agua y colchones a los poblados más alejados. A esto se suma la cooperación internacional, con Estados Unidos a través del Comando Sur, equipos médicos de Costa Rica y un equipo técnico enviado por Venezuela.
En salud, los hospitales rurales improvisaron salas de atención en la calle por el temor a las réplicas. En una pequeña ciudad afectada, un automóvil convertido en barbería sirvió como sala de neonatología. Con el paso de los días, los centros médicos de las provincias más golpeadas recibieron carpas climatizadas e instrumental donado, dirigido sobre todo a embarazadas y recién nacidos.
El golpe también llega a la educación. Más de treinta escuelas rurales desaparecieron y otras 600 sufrieron daños, justo cuando el año escolar, que en Panamá termina en diciembre, se encuentra en su último trimestre. Las familias no saben cómo se resolverá la continuidad de sus hijos. Sin embargo, según relataron profesores y padres a los medios, muchos menores ya habían salido de los planteles al momento del sismo.
En los pueblos, la palabra que más se repite es miedo. Una vecina de La Pitaloza, cercano al epicentro, contó que perdió su casa y que no encuentra palabras para describir lo que vive. Pese a ello, las comunidades se mantienen unidas, organizan comidas comunales y celebran misas improvisadas en lugares públicos. Panamá enfrenta ahora la tarea de reconstruir su región más campesina, cuna de buena parte de su historia.