Por qué la magnitud no basta para comparar los terremotos de Venezuela y Panamá
Ingenieros panameños explican que el suelo, el diseño y el estado de las edificaciones pesan tanto como la magnitud al medir los daños.
En redes sociales circulan comparaciones entre el terremoto de Venezuela, citado con magnitud 7.7, y el de Panamá, con 7.5. Los ingenieros consultados advierten que igualar sus efectos solo por esa cifra sería un error, porque el daño de un sismo depende de la distancia al epicentro, de cómo se rompe la falla, del tipo de suelo y de la calidad de las edificaciones.
En Venezuela hubo dos sismos seguidos, de magnitudes 7.2 y 7.5. Dejaron una cifra alta de fallecidos, 14,239 viviendas con afectaciones moderadas y unas 11 mil con daños graves. El golpe cayó sobre una zona muy poblada, con edificios levantados sobre suelos blandos que pueden intensificar el movimiento. En Panamá, en cambio, se reportaron daños en 188 estructuras y no se habían confirmado víctimas mortales hasta el momento de la información. Fue un solo evento, aunque con más de 100 réplicas registradas, y el epicentro quedó en una zona poco urbanizada, con construcciones más pequeñas.
Un mes antes del sismo del viernes 9 de octubre, los ingenieros Óscar Ramírez y Ramiro Vargas participaron en un foro organizado por la Universidad Tecnológica de Panamá. Ramírez explicó que ni la magnitud ni la distancia bastan para prever los efectos, y que incluso dentro de una misma ciudad las estructuras pueden responder distinto al mismo movimiento. Vargas diferenció entre amenaza, que es la actividad sísmica de un territorio, y vulnerabilidad, que es la propensión de las construcciones a dañarse y que sí puede reducirse con intervenciones de ingeniería.
Según las cifras presentadas, el área metropolitana expandida, que incluye los distritos de Panamá, San Miguelito, Arraiján, La Chorrera y Colón, concentra cerca de 2.2 millones de personas. Al sumar sectores del occidente, Vargas estimó que más del 55% de la población vive en zonas de alta amenaza sísmica. Ramírez también contrastó Paitilla y Punta Pacífica, con roca cerca de la superficie, frente a Costa del Este y Santa María, donde hay depósitos de arcillas compresibles. Por eso, cada terreno exige una solución estructural distinta.
Ramírez explicó además que cada edificio tiene una forma propia de vibrar, y que la resonancia puede amplificar considerablemente el desplazamiento cuando las vibraciones del suelo y de la estructura coinciden. Señaló que la altura por sí sola no define la vulnerabilidad, ya que un edificio bajo puede sufrir aceleraciones mayores que uno alto. Las estructuras deben tener ductilidad para deformarse y disipar energía sin perder estabilidad, y para ello son clave el confinamiento del concreto, los anclajes del acero y las conexiones entre vigas y columnas.
Vargas recordó que la vivienda unifamiliar es la más común, con más de un millón de unidades y cerca del 86% de las viviendas según el Censo de 2023. Advirtió que las remodelaciones y ampliaciones sin vigas ni columnas que amarren las paredes pueden debilitar la casa. También señaló las laderas inestables de San Miguelito, Arraiján y Chiriquí, y el riesgo de licuefacción en suelos arenosos saturados de agua, como ocurrió en El Empalme, en Changuinola, durante el sismo de 1991. Insistió en hacer estudios geotécnicos antes de construir, y resumió su postura con una frase: más caro resulta cuando muere la gente.