Cómo el canto de las ballenas jorobadas conquistó al mundo y ayudó a salvarlas
Un hallazgo de 1952 en las Bermudas terminó en un álbum de 1970 que cambió la forma en que la gente veía a estos animales.
En 1952, en plena Guerra Fría, el ingeniero de sonar estadounidense Frank Watlington escuchaba las profundidades frente a las Bermudas en busca de submarinos soviéticos y actividad sísmica. Para hacerlo usaba un hidrófono primitivo, cables largos con un micrófono en la punta que bajaba al océano. Mientras cumplía con su trabajo, empezó a captar sonidos lúgubres y desconcertantes que a veces se extendían por horas. Convencido de que los producían ballenas jorobadas, siguió registrándolos.
Con el tiempo, Watlington compartió sus grabaciones con investigadores y lugareños. En 1967 conoció a los biólogos acústicos Katy y Roger Payne, quienes escucharon las cintas en la sala de máquinas de un antiguo dragaminas de madera de la Segunda Guerra Mundial, con el generador rugiendo de fondo. Pese a esas condiciones, la pareja quedó asombrada por la variedad de sonidos, que Katy resumió después como provenientes de un solo animal.
El equipo, junto con el conservacionista Scott McVay, la matemática Hella McVay y la investigadora Eleanora D’Arms, descubrió que los sonidos se repetían en patrones largos y predecibles. Eso permitía hablar de canto. Algunas canciones duraban hasta media hora y se repetían una y otra vez. Investigadores como Nan Hauser señalan que el gran salto consistió en pasar de ver a las ballenas como animales que emiten ruidos a verlas como productoras de una exhibición acústica elaborada y organizada.
En 1970, Roger, Katy y Watlington publicaron el álbum “Canciones de la ballena jorobada”, con cinco grabaciones elegidas por su belleza. El disco vendió más de 125.000 copias y se convirtió en el disco de naturaleza más vendido de la historia. Además, se envió un extracto a los 10,5 millones de suscriptores de National Geographic. Roger lo usó para promover la protección de las ballenas, enviando copias a artistas como los Beatles y Bob Dylan, y fragmentos aparecieron en la película “Star Trek” de 1986 y en el disco de oro de la Voyager 1, lanzado en 1977.
El álbum llegó en un momento clave. Según los especialistas, antes las ballenas solían verse como criaturas temibles o como mercancía, y a principios de los años setenta varias especies estaban al borde de la extinción, con la ballena jorobada reducida a menos del 5% de su población previa a la caza. Junto con las imágenes de Greenpeace, la grabación impulsó un movimiento contra la caza. En 1972, el Congreso de Estados Unidos aprobó la Ley de Protección de Mamíferos Marinos, y en 1982 se aprobó una moratoria mundial sobre la caza comercial. Hoy, las poblaciones de algunas ballenas se recuperan, y la ballena jorobada es una de las que más ha crecido.
La ciencia también avanzó. Se descubrió que los machos de una zona cantan casi la misma canción, que evoluciona con el tiempo, y que estas melodías pueden extenderse de una población a otra a través de grandes distancias. Otras especies también sorprenden: los cachalotes tienen dialectos regionales, y los llamados de la ballena azul pueden viajar hasta 1.600 km.
Las amenazas persisten, desde colisiones con barcos y redes de pesca hasta la contaminación acústica y el calentamiento del océano. Hoy, una de cada cuatro especies de ballenas está amenazada, frente a una de cada siete en 1991. Para los expertos, las grabaciones antiguas también son un registro valioso que permite comparar cómo cambian el canto y el entorno sonoro del océano.