La misa que precedió la rendición de Noriega en la Nunciatura
Antes de entregarse a las tropas estadounidenses, el exdictador pasó días de conversaciones con el nuncio José Sebastián Laboa y escuchó un sermón que lo conmovió hasta las lágrimas.
Un capítulo poco conocido de la entrega de Manuel Antonio Noriega ocurrió dentro de la Nunciatura Apostólica. Durante varios días, el exdictador conversó con José Sebastián Laboa Gallego, nuncio apostólico y representante de la Santa Sede en Panamá, antes de rendirse ante las tropas estadounidenses. Ese proceso incluyó una misa, una Biblia y un mensaje religioso que quedaron marcados en la memoria de quienes estuvieron presentes.
Durante la dictadura, la sede diplomática del Vaticano había servido de refugio para opositores que se sentían amenazados por el régimen. Dirigentes vinculados a la Cruzada Civilista buscaron protección allí, y también Guillermo Endara Galimany, quien se refugió en la Nunciatura meses después de la violencia que siguió a las elecciones de mayo de 1989 y continuó allí una huelga de hambre contra el gobierno.
El 20 de diciembre de 1989, Estados Unidos invadió Panamá. Noriega huyó mientras sus hombres se rendían o lo traicionaban, y las embajadas no lo recibían o ya estaban custodiadas por soldados estadounidenses. Pasadas las primeras 24 horas, Washington ofreció una recompensa de un millón de dólares por su captura. Sin más salidas, el general buscó a Laboa para poner fin a su huida.
El nuncio aceptó albergarlo, una decisión que la fuente considera de gran trascendencia para la política moderna panameña. La convivencia fue tensa. Dirigentes de la Cruzada Civilista, al saber que Noriega sería huésped, reaccionaron con indignación. Laboa les respondió que aquella era la casa de Dios y que debía recibir incluso a los pecadores. Mientras tanto, un francotirador estadounidense apuntaba a la ventana del cuarto donde dormía Noriega, y las tropas instalaron bocinas que tocaron música rock durante tres días seguidos, con la intención de forzar su rendición. Según el relato, fue el propio nuncio quien pidió que apagaran la música.
Tras varias conversaciones con Laboa, Noriega decidió entregarse. Entró a la capilla y se sentó en una de las últimas bancas. Durante la misa, el nuncio pronunció una homilía sobre el buen ladrón, el hombre crucificado junto a Jesús que se arrepintió en sus últimos momentos y recibió la promesa de estar con él en el paraíso. El sermón conmovió profundamente a Noriega, que llegó a llorar. Después tomó la comunión, regresó a su cuarto, escribió cartas de despedida a su familia y al papa Juan Pablo II, y se puso el uniforme de general que le había conseguido el nuncio.
Al salir, Laboa le entregó una Biblia y le colocó un rosario al cuello. Alrededor de las 8:50 p. m. del 3 de enero de 1990, Noriega cruzó la puerta de la Nunciatura acompañado por el nuncio y los sacerdotes Joseph Spiteri y Javier Villanueva. Las fuerzas estadounidenses lo esperaban para arrestarlo. Ya en el helicóptero, rompió en llanto. Dejaba atrás un país devastado, con cientos de muertos y miles de heridos, y con él terminaba la etapa del último dictador de Panamá.