La misa que hizo llorar a Noriega y su entrega en la Nunciatura
El último dictador de Panamá se rindió tras un sermón del nuncio Laboa sobre el buen ladrón, en enero de 1990.
En enero de 1990, Manuel Antonio Noriega cruzó la puerta de la Nunciatura Apostólica rumbo a su arresto. Antes, la sede diplomática del Vaticano en Panamá, dirigida por el nuncio José Sebastián Laboa Gallego, había servido de refugio a opositores durante la dictadura, entre ellos dirigentes de la Cruzada Civilista y Guillermo Endara Galimany.
La invasión de Estados Unidos, iniciada el 20 de diciembre de 1989, dejó a Noriega sin salidas. Sus hombres se iban rindiendo o lo traicionaban, y las embajadas no lo aceptaban o ya estaban custodiadas por soldados estadounidenses. El gobierno de Washington ofreció un millón de dólares por su captura. Desesperado, pidió acogida al nuncio, que aceptó recibirlo.
La convivencia fue tensa. Los dirigentes civilistas que estaban en la nunciatura se enfurecieron al saber que Noriega llegaría y pidieron que lo mataran. El nuncio les respondió que aquella era la casa de Dios, que también recibe a los pecadores. Según el relato, un francotirador estadounidense apuntaba a la ventana del cuarto de Noriega, y las tropas pusieron bocinas que tocaron rock durante tres días. Quien finalmente pidió apagar la música fue el propio nuncio.
Tras varias conversaciones con Laboa, Noriega decidió rendirse. Entró a la capilla y se sentó en una de las últimas bancas. Durante la misa, el nuncio predicó sobre el buen ladrón, el crucificado que se arrepintió en su último aliento y a quien Jesús prometió el paraíso. Ese sermón conmovió tanto a Noriega que se le llenaron los ojos de lágrimas. Luego tomó la comunión, regresó a su cuarto, escribió cartas de despedida a su familia y al papa Juan Pablo II, y se puso el uniforme de general que le consiguió el nuncio.
Al salir, Laboa le entregó una Biblia y le colocó un rosario al cuello, con un mensaje de confianza en que Dios no los abandonaría. Alrededor de las 8:50 p. m. del 3 de enero de 1990, Noriega cruzó la puerta acompañado por el nuncio y los sacerdotes Joseph Spiteri y Javier Villanueva. Afuera lo esperaban las fuerzas estadounidenses. Subió al helicóptero y empezó a llorar, dejando atrás un país devastado, con cientos de muertos y miles de heridos. Así terminaba la era del último dictador de Panamá.